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"Somos expectadores de cómo se vulneran los derechos humanos en muchos lugares"
El próximo domingo, 25 de septiembre, la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Una iniciativa del papa Francisco para reflexionar sobre cómo acogemos a las personas que se ven forzadas a buscar un futuro lejos de su tierra y de su gente.
Vivimos en un contexto social y económico difícil. Somos espectadores de cómo se vulneran los derechos humanos en muchos lugares. Las consecuencias de muchos meses de pandemia y de la guerra en Ucrania, sin olvidar los conflictos en otros lugares del mundo, lo han agravado todo. Ante esta realidad, estamos llamados a construir un futuro más acorde con el plan de Dios, en un mundo donde todos podamos vivir dignamente y en paz. Esto solo será posible desde la conversión personal y la transformación de la realidad.
El mensaje del Papa para esta Jornada hace hincapié en la necesidad de que los migrantes y los refugiados que ya viven entre nosotros sean también protagonistas en la construcción del futuro que queremos. Deberíamos reconocer y valorar todo lo que ellos pueden aportar. La presencia de migrantes y de refugiados en nuestras comunidades es una oportunidad de crecimiento humano, cultural y espiritual para todos. Es una oportunidad para conocer mejor el mundo y la belleza de la diversidad.
La Iglesia de Barcelona lleva años viviendo la creciente diversidad de sus miembros como una riqueza irrenunciable. Se han constituido parroquias y comunidades llamadas «personales», que ayudan a los miembros procedentes de culturas diversas a vivir la fe sin perder sus costumbres y tradiciones. Se está haciendo un gran esfuerzo para que se incorporen a las diversas comunidades parroquiales y al trabajo pastoral.
El Sínodo sobre la «sinodalidad» en el que estamos inmersos nos recuerda que andar juntos en la diversidad es el camino para construir la Iglesia que Jesucristo quiere. En el mensaje de este año, el papa Francisco nos dice: «La llegada de migrantes y refugiados católicos ofrece energía nueva en la vida eclesial de las comunidades que los acogen. Ellos son a menudo portadores de dinámicas revitalizantes y animadores de celebraciones vibrantes. Compartir expresiones de fe y devociones diversas nos brinda una ocasión privilegiada para vivir con mayor plenitud la catolicidad del pueblo de Dios». Acojamos a los migrantes y refugiados como a nosotros nos gustaría ser acogidos. Compartamos con ellos nuestros proyectos, sueños y compromisos.
Queridos hermanos y hermanas, nadie debe ser excluido en el trabajo por el Reino, que sitúa siempre en el centro a los habitantes de las periferias existenciales. Entre ellos hay muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas del tráfico de personas, con quienes Dios quiere edificar su Reino, porque sin ellos no sería el Reino que Dios quiere. Pidámosle intensamente que nos abra el corazón y la mente para acoger con amor al extraño. Dios quiere que todos formemos una familia: «Que todos sean uno como tú, Padre, en mí, y yo en ti» (Jn 17,21), dice Jesucristo. ¡Qué reto más apasionante!
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