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“David congregó en Jerusalén a todos los israelitas. Introdujeron el Arca del Alianza y la instalaron en el centro de la tienda de David. Ofrecieron a Dios sacrificios de comunión. David bendijo al pueblo en nombre del Señor”.
Esto hemos escuchado en la primera lectura del libro de las Crónicas.
¿Qué es en realidad lo que hace David? Convocar y congregar a la comunidad, poniendo a Dios en el centro para ofrecerle nuestra vida, y recibir su protección y su ayuda. David así preparó al pueblo de Israel para ser morada de Dios.
Por eso, a esta primera lectura, como corresponden posteriormente las otras, podemos ya anticiparnos la pregunta, ¿quiero ser yo parte de esta comunidad, y poner al centro a Dios, para ofrecerle mi vida?
El apóstol San Pablo, en la segunda lectura, plantea que “el aguijón de la muerte es el pecado”. Nos advierte San Pablo por esta razón: “El aguijón de la muerte es el pecado…. Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor”, por su resurrección de la muerte. Así, él es el camino que nos lleva a la victoria sobre la muerte, y nos abre la puerta para la eternidad.
Y es muy cierto que podemos caer bajo ese aguijón del pecado, que nos conduciría terriblemente a la muerte eterna. Pero Cristo nos ha abierto el camino en el cual nosotros podremos transitar a la vida eterna en la casa del Padre.
Estas dos expresiones de las lecturas de David, que forma esta comunidad y que pone al centro a Dios para ofrecerle nuestras vidas; y además esto que dice San Pablo, atención que el aguijón de la muerte es el pecado; son una advertencia para valorar que en Jesucristo tenemos garantía de la auténtica vida eterna.
Culmina muy bien nuestra reflexión de esta palabra de Dios con este breve texto del Evangelio de San Lucas, en donde en una ocasión Jesús hablaba a la multitud sobre sus enseñanzas, y una mujer del pueblo se exaltó y gritó: "Dichosa la mujer que te llevó en su seno”.
“Dichosa la mujer que te llevó en su seno”. Era una buena alabanza, sin embargo, Jesús le respondió: “Dichosos todavía más”, o sea, no negó que él era dichoso, pero continúa: "dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica", porque atención, podemos tener oídos para oír la palabra, pero no llevarla a la práctica en nuestra conducta.
Estos elementos nos muestran la importancia de que la iglesia sea como esa madre dichosa a la que se refiere el texto. ¿Quién es esa madre dichosa? La Virgen María. Por eso fue asunta al cielo, llevó en su seno al Hijo de Dios para que se encarnara y se hiciera Camino, Verdad y Vida.
La Iglesia, ahora nosotros, estamos llamados a tener esta cualidad de amar, de ser madre. La iglesia tiene que ser madre en todas sus expresiones institucionales, litúrgicas, pastorales, como una madre que ama enormemente a sus hijos para manifestar el amor y la misericordia divina.
María es el modelo. Oyó al ángel, aceptó el mensaje y lo puso en práctica. Por eso la Virgen María es la Madre de la Iglesia y esa es nuestra alegría en este momento. Festejamos el culmen del trabajo realizado por María para encarnar al Hijo de Dios.
Pareciera una tarea imposible para nosotros, que en nuestro testimonio de vida revelemos al Hijo de Dios, a Jesús; pero si lo hacemos conjuntamente en comunión, como dijo Jesús, escuchando la palabra de Dios, y ayudándonos unos a otros a ponerla en práctica, lo lograremos; y esa es la misión de la Iglesia.
Pidámosle a ella, que lo supo hacer, que nos ayude también a tener, en nuestro tiempo tan difícil, una Iglesia madre a través de nuestras personas. Que así sea.
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