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“El Señor me ha dado una lengua, el Señor, despierta mi oído para que escuche como discípulo”.
Así lo expresa el profeta Isaías, y en esta línea comienza nuestro punto de reflexión: este Hijo de Dios encarnado, lo dio todo por nosotros, como acabamos de escuchar en la Pasión según el Evangelio de San Lucas.
Recordemos esta expresión del profeta: “El Señor me ha dado una lengua experta, y despierta mi oído como discípulo.” Se refiere a la capacidad de escucha que necesitamos, y que debemos pedir. Una escucha atenta que nos forme en las enseñanzas del Maestro. Camino esencial para ser buenos discípulos.
También, al final, Isaías afirma: “El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido”. Debemos tener una gran confianza ante cualquier circunstancia de nuestra vida, por más difícil o terrible que sea. Así le ocurrió al mismo Jesús, quien, aún sabiendo lo que venía, confió plenamente en el auxilio de Dios para ser fortalecido.
Esto es importante: la oración. Que tengamos el hábito —ya sea al despertar, durante el día, o antes de acostarnos— de orar y presentarle a Dios lo que hemos vivido y lo que vamos a vivir. Así adquiriremos confianza en Él, y nos capacitaremos para afrontar cualquier circunstancia.
Si el día ha sido gozoso, para reconocer su mano con alegría; si ha sido duro o adverso, para que el Señor nos ayude y nos auxilie. Este es el primer punto de reflexión ante la escucha de la Pasión del Señor.
El segundo punto está en lo que cantamos antes de la lectura de la Pasión: Ahí se decía: “Cristo se humilló por nosotros.” La Encarnación del Hijo de Dios ha sido pensada por y para nosotros. Todo lo que Él vivió, enseñó, entregó; su relación con los discípulos… todo fue por nosotros. Recordar esto nos ayuda a entender que la oración no es solo para pedir ayuda en distintas situaciones, sino también para fortalecer nuestro espíritu, para consolar el corazón.
Finalmente, en la segunda lectura, el apóstol San Pablo afirma en su carta a los Filipenses: “Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina.” Ese desprendimiento es clave. Debemos aprender a desapegarnos de lo que tenemos, de lo que somos, para que nuestra mirada no sea egoísta. Que aprendamos a mirar al otro, a los demás, a nuestro alrededor.
Nuestra mirada tiene que descubrir situaciones en las que podamos ayudar, aunque eso implique desprendernos, al menos, de nuestro tiempo, de nuestras cosas, o simplemente brindar una ayuda al que cae o al que está enfermo.
Por eso, creo que estos días santos — Jueves, Viernes, la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección— son una oportunidad para preguntarnos: ¿Qué tanto he escuchado la Palabra de Dios para ser un buen discípulo? ¿Qué tanto se ha formado en mí la actitud de Jesús, de desprenderme de algo necesario para darlo a los demás?
Y yo ¿de qué me he desprendido para amar y ayudar a mi prójimo? Te invito a guardar un breve momento de silencio. Piensa: ¿De qué me he desprendido, que quizá me costó trabajo soltar pero que finalmente fue para el bien del otro? Y entonces, dale gracias a Dios.
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