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“El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar.”
Como estamos hoy, reunidos como los discípulos de Jesús en un mismo lugar. ¿Se fijan en la coincidencia?
“Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar, según el Espíritu los inducía a expresarse”.
¿De qué hablamos nosotros entre unos y otros? ¿Desde el corazón, de las cosas que llevamos dentro, o de otros aspectos que son circunstanciales? Si llevamos el Espíritu del Señor, vamos a hablar como buenos discípulos de Jesús, porque hemos recibido el Espíritu Santo.
En el Evangelio que acabamos de escuchar, san Juan nos recuerda que, en el anochecer del día de la Resurrección, los discípulos vieron al Señor resucitado, se llenaron de alegría y les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Aquí hemos venido para recordar que tenemos un envío, una misión.
¿Cuál es esta misión de los hijos de Dios, de los que ya están bautizados? ¿Están ustedes todos bautizados? Ah, bueno, entonces fíjense bien: la misión es dar a conocer a Jesús. Esta es la misión de todo aquel, que ha sido bautizado y que ha sido adoptado como hijo de Dios.
Después, continúa el texto del Evangelio, Jesús les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que se les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar.” Esta facultad de perdonar los pecados en nombre de Jesús la realizamos los sucesores de los apóstoles, de aquellos que estaban reunidos ese día, en favor de todos los bautizados, los hijos de Dios. La misión, cuando ha caído uno gravemente, es ese perdón en el sacramento de la confesión: ahí queda absuelto.
Pero también ustedes tienen la misión de perdonar las limitaciones, las ofensas, los agravios que hayan recibido, porque el perdón que recibimos o el perdón que damos nos hace verdaderamente hijos queridos de Dios, nos hace sus discípulos.
Por eso, en la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios, expresa: “Nadie puede llamar a Jesús, ‘Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Porque todos nosotros —continúa san Pablo— hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu”.
¿Cuando recibimos esto? En el sacramento de la Confirmación. ¿Ven por qué les pedimos aquí, en la Arquidiócesis, que la Confirmación sea posterior, algunos meses? Para que el niño tome conciencia de que ya es hijo de Dios por el bautismo.
El bautismo se puede hacer al nacer, en cualquier momento, pero la Confirmación importa: que sepan que van a recibir la misión de ser discípulos de Jesús y que tienen que dar a conocer a Jesús a los demás. Dicho en otras palabras: estamos llamados a vivir la espiritualidad de la comunión.
¿Pidamos a quién? ¿A quién podemos pedirle que nos ayude cuando nos cuesta trabajo? ¿A quién? A nuestra madre, María de Guadalupe. ¿Por qué? Porque nuestra madre era de las que estaban allí ese día con los discípulos. Ahí estaba presente también ella, el día de Pentecostés.
Pidámosle, pues, desde nuestro corazón, que sea ella la que nos auxilie y nos recuerde siempre que debemos ser buenos discípulos de Jesús y dar a conocer a ese Jesús a los demás.
Nos ponemos de pie y eso le imploramos a María:
Bendita seas, madre nuestra, María de Guadalupe. Con gran confianza ponemos en tus manos al Papa León: fortalécelo y acompáñalo para que continúe indicándonos los procesos y actitudes que debemos desarrollar para ser buenos discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia que camina juntos, sinodalmente.
Ayúdanos a percibir, en la cotidianidad de nuestras tareas, que el Espíritu Santo nos asiste y camina con nosotros en todas las circunstancias de nuestra vida. Y, con su ayuda, todos los que hemos sido bautizados, nos fortalece para desarrollar la fraternidad de la Iglesia y cumplir la misión encomendada de dar a conocer a Jesús hasta los últimos rincones de la tierra.
En este Año Jubilar, te pedimos la gracia para reconocer nuestros pecados y aprender a perdonar en cualquier circunstancia adversa, fortaleciendo así nuestro sincero amor y gratitud a Dios, nuestro Padre, por el don de la vida.
Todos los fieles aquí presentes, este domingo, nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh Clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.
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