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El día de Pentecostés, se presentó Pedro junto con los once ante la multitud y, levantando la voz, dijo: A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha comunicado, como ustedes lo están viendo y oyendo.” Así comenzaba Pedro su ministerio, en medio de la adversidad.
De forma similar, nuestro querido Papa Francisco ha vivido su ministerio como verdadero sucesor de Pedro, advirtiendo, una y otra vez, sobre los riesgos de la guerra, los enfrentamientos y la división.
Él advertía con insistencia: “Si somos distintos, no es para que nos peleemos entre sí, sino para que nos complementemos y podamos enriquecernos. El otro es una riqueza para mí”.
Desde ese pensamiento, el Papa Francisco mostró siempre su gusto por extender la presencia de la Iglesia entre los pobres y los más vulnerables de la sociedad, de distintas maneras.
Recién electo tuve la oportunidad de encontrarlo, porque me llamó a Roma ante su viaje a Brasil para el Encuentro con la Juventud en Río de Janeiro, y prever el encuentro con los obispos del CELAM en esa ciudad.
En esa ocasión, le pregunté al Papa Francisco cuántas veces había visitado México. Me respondió: “Dos veces. La primera, como sacerdote, fui explícitamente a México para ir al Santuario de Guadalupe. Estuve ahí y, al día siguiente, regresé a Buenos Aires. La segunda vez, siendo provincial de los jesuitas. Vine a una reunión de provinciales que se realizó en la Ciudad de México, y evidentemente, no desaproveché la oportunidad de visitar el santuario mariano."
Después de la visita a México en 2016 —que muchos de ustedes recordarán— el Papa Francisco me dijo: "Carlos, no me di cuenta del tiempo que pasaba, hasta que fueron por mí y me dijeron: Santo Padre, la multitud lo está esperando. Entonces, tuve que dejar a nuestra Madre.”
Por eso este era el lugar preferido del Papa Francisco. Y por ello, hoy, aquí, ante nuestra Madre, le pedimos por su llegada a la Casa del Padre. Los invito a ponerse de pie, a mirar a nuestra Madre María de Guadalupe, y agradecerle a ella que uno de sus hijos queridos haya llegado, con ella, a la Casa del Padre.
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