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"Solo el amor enciende y da voz a nuestra vida"
Los cristianos también hablamos poco de la resurrección: preferimos cosas más manejables y olvidamos las más importantes: los signos pudorosos y modestos de los que nos habla el Evangelio.
Hablamos poco de la resurrección, pero solo por pudor; porque sentimos cuán burdas, imprecisas y falsas serían todas nuestras palabras e imágenes para expresar el misterio.
O, quizás también, la resurrección no tiene cabida, ni siquiera en el cristianismo «vivido», porque de él se toman las cosas más aceptables (el amor, la igualdad, el perdón) y se dejan de lado las más incómodas, que serían decisivas, pero son inmanejables y, precisamente, indecibles. Sobre todo, parecen imposibles de creer.
Ante la muerte, toda palabra resulta discordante, grosera, inoportuna.
¿Qué imágenes se pueden buscar, por otra parte, para lo que nadie puede ver: Dios, la resurrección, el amor auténtico?
En el Evangelio de Juan, el misterio de Jesús resucitado se sugiere de manera discreta y pudorosa, con signos muy sencillos: un sepulcro vacío, un sudario que ha dejado de ser útil.
En la luz que atraviesa la noche, toda la liturgia de la Vigilia Pascual recoge la historia de la humanidad que vive en las tinieblas y en la sombra de la muerte, en espera. Es esa luz que encontramos en el origen del mundo y en todo relato de nacimiento, un resplandor que irrumpe ilumina y da vida.
Esta luz llega desde lo alto, ilumina y atraviesa las infinitas vidas, que están unas junto a otras, unas necesarias a otras. Luego se refleja y se refracta, devuelta por cada uno de nosotros de maneras siempre nuevas y sorprendentes, infinitas y cambiantes.
Nuestra existencia nos parece a menudo apagada, destinada a pasar, inútil como un cristal oscuro y opaco.
Solo el amor la enciende, le da voz.
Como los encuentros más auténticos, también el encuentro con Dios, con nuestra vida y con su resurrección, puede ser un diálogo amoroso silencioso e interior. Luminoso y vivo.
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