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'Sedeprivacionistas' y 'sedevacantistas'
Seguramente hay movimientos ‘marginales’ en la Iglesia católica que proliferan aunque quizás diferentes de un país a otro. Los ha habido antes. Los habrá mañana. Me refiero a corrientes muy diferentes con distintos niveles de cercanía y distanciamiento de la Iglesia católica oficial. Hoy estamos conociendo a través de los medios de comunicación uno de estos fenómenos en España: algunas monjas clarisas en Belorado y Orduña.
Son grupos ‘disidentes’ que se distancian de la Iglesia oficial. Son los movimientos ‘sedeprivacionistas’ y ‘sedevacantistas’, según los cuales la Sede de Pedro está ocupada por un usurpador (sedeprivacionista) o está huérfana (sedevacantista).
Suelen ser grupos muy ideológicos y muy convencidos de ser los únicos verdaderos representantes de una doctrina auténtica y pura. Incluso los detalles más pequeños son motivo de enfrentamiento y, llegado el caso, de división. Cuanto más dogmático e ideológico es un movimiento más tiende a distanciarse y enfrentarse sobre la cuestión de quién posee ahora la verdad absoluta.
Y son movimientos que comparten su oposición al Concilio Vaticano II pretendiendo deshacerse de él y distanciándose del Vaticano, en cierta medida, por la cuestión de la Nueva Misa, pero también por la reubicación sociopolítica presente en la Iglesia católica, como por la aceptación de los derechos humanos, la reconciliación con la democracia, el ecumenismo, el diálogo interreligioso, y un largo y variopinto etcétera.
Son grupos que afirman representar la única forma verdadera de enseñanza católica y, por tanto, la única verdad religiosa. Rechazan el diálogo interreligioso, pero también el ecumenismo. Por lo tanto, también están estrictamente orientados contra las Iglesias de la Reforma.
Además, cultivan una interpretación muy fuerte de la teoría de una conspiración que llevó a la apostasía del Vaticano según ellos diagnostican. Todos estos grupos tienen más o menos explícita la idea de que, a principios del siglo XIX, se produjo una infiltración en el Vaticano y en la Iglesia católica por una conspiración masónica, quizás también judeo-masónica, que llevó al Concilio Vaticano II a liderar la Iglesia Católica Romana a la apostasía.
Cuanto más extremas son las corrientes, más pequeñas son. A menudo se reúnen en torno a un líder visionario y carismático. Cuando esto no sucede, también desaparecen como grupos.
En realidad todo, o casi todo, este fenómeno variopinto y dispar tiene un precedente: es una historia que se desarrolla y se repite de un modo cíclico apareciendo en determinados momentos concretos. Son fenómenos quizá con formas diferenciadas en las maneras pero no en el fondo. Seguramente hasta son movimientos que responden en el fondo a una grande y no tolerable inseguridad de un mundo que cambia, de una Iglesia que trata de seguir escuchando y viendo los signos de cada tiempo. Y esa inseguridad provoca una no menos soportable ‘insatisfacción’: cuando las pretendidas soluciones no son sino restauraciones de los antiguos regímenes.
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