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"Hay que sembrar, aunque no se vea todavía lo que se hay que cosechar"
Estamos acostumbrados a tener la percepción de que los santos son seres tan especiales y superiores que nos cuesta descubrirlos entre la gente sencilla y humilde. San Isidro Labrador, patrono de los agricultores, fue un campesino, trabajador del campo, sin mayor formación académica, y tuvo la dicha de ser canonizado a la par de cuatro grandes: San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, Santa Teresa de Ávila y San Felipe Neri. En un mundo cada día más urbano, representa la ruralidad, el trabajo callado que nos permite comer y subsistir. ¡Qué paradoja!
Recientemente tuve el honor de representar al Papa presidiendo la beatificación de María Agustina Rivas López, “Aguchita”, religiosa del Buen Pastor, mujer humilde, servicial, generosa y entrega en cuerpo y alma a la juventud en riesgo. Recibió el martirio, cinco tiros de Sendero Luminoso, por trabajar con los pobres, promover enseñando oficios y por ser cristiana. ¡Qué paradoja!
Hace pocos días dimos a conocer en Caracas a una pareja, Abrahán y Patricia Reyes. De origen campesino, se encontraron en Caracas, trabajador del aseo urbano, servidor de su comunidad, creyente sincero y noble. En contacto con el Padre José María Velaz, se desprendió de parte de su hogar en el que tenía en ese momento siete hijos para ceder un piso de su casa para dar inicio a la primera escuela de Fe y Alegría. Grano pequeño como la semilla de mostaza que ha dado abundantes frutos en Venezuela y en más de veinte países, dando educación a la juventud que vive donde no llega el asfalto. ¡Qué paradoja!
En la contemplación del rosario, en la Legión de María, en el servicio a todos sus vecinos, en el desprendimiento de lo poco que poseía, fue creciendo en la fe y la esperanza. Formó parte del primer grupo de diáconos permanentes de Venezuela. Con su esposa formaron una yunta inseparable donde el amor y el afecto, regó de buenas obras su alrededor. Como dice San Agustín hay que sembrar, aunque no se vea todavía lo que se hay que cosechar. Hay que tener fe y seguir sembrando. ¿Acaso el labrador, cuando siembra, contempla ya la cosecha? ¡Qué paradoja!
Los ejemplos que hemos reseñado son indicio de la profundidad de la cultura de nuestra gente sencilla. Recibieron la fe en el hogar, junto a sus seres queridos que les trasmitieron las devociones a la Virgen, la honestidad, la verdad y la laboriosidad. Son los auténticos constructores de la Venezuela que soñamos. ¡Qué paradoja! Ahondemos en sus vidas para que descubramos la nuestra llamadas a encarnar en nosotros, si queremos llevar una vida plena que nos permita soñar y ver la fecunda paradoja del Evangelio.
26.- 16-5-22 (2686)
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