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Alberga restos de la columna que pisó la Virgen al aparecerse a Santiago
Cuando se entra en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, cuesta decidir adónde enfocar (la cámara o la mirada), porque la belleza no se concentra en un solo espacio. Celebración del cielo (ensalzado nada menos que con la pintura al fresco de Francisco de Goya, en dos de las bóvedas) y de la materia (mármoles y bronces barrocos pueblan el inmenso templo), el Pilar es una basílica-santuario que comparte el rango de catedral con la vecina seo.
Construida para rendir culto a la Virgen del Pilar (la columna donde apoyó sus pies al aparecerse al apóstol Santiago cuando éste llegó a la Península Ibérica), la basílica acoge peregrinos que desean contemplar los restos de la columna y orar frente al camarín de la Virgen, en la capilla que guarda su imagen. Una devoción que se ha mantenido a flote durante los meses de confinamiento y cierre de los espacios de culto, gracias al acceso online al lugar.
Su estructura barroca (en la que destacan las tres grandes naves, el altar mayor, el coro y su sillería…) integra con orgullo elementos de la iglesia románica originaria, góticos y renacentistas (como el retablo mayor, de alabastro y a medio camino entre ambos estilos artísticos). Pero tal vez lo que más asombra del Pilar sea su exterior: en una Zaragoza que también ha sido íbera, romana, visigoda… sus torres (terminadas en el siglo XX) miran al Ebro, y sus enormes cúpulas orientalizan la panorámica (la ‘ciudad blanca’, para los hispano-musulmanes, por sus murallas) rimando con la Aljafería. De hecho, el urbanismo se ha empeñado en abrir plazas alrededor de la Basílica, para propiciar una conexión visual con el edificio libre de obstáculos.
Por su parte, en el interior del templo, los frescos de Goya hacen que pasen desapercibidos los de los hermanos Bayeu, e igualmente sorprende el alarde arquitectónico de Ventura Rodríguez, que diseñó en el siglo XVIII el templete de la Virgen. Es el rincón favorito de feligreses y seguidores de la arquitectura neoclásica.
El edificio encarna el vínculo afectivo establecido entre los creyentes de la zona y la figura de la Virgen María en su advocación como Virgen del Pilar. La inocente y virtuosa madre de Dios (venerada además como Inmaculada en la Corona de Aragón -de Valencia a Barcelona, pasando por Zaragoza- desde el siglo XIV) se posó precisamente allí sobre un pilar para pedirle a Santiago, con los siglos reconocido como patrono de España, que evangelizase estos pueblos. Todo un hito en la vida del santo y en la historia de este país, tan llena de dominios y lágrimas, milagros y leyendas, espadas y mezclas culturales.
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