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Frutos de paz

Mientras escribo estas palabras escucho con incredulidad las sirenas que resuenan en las calles de Kiev y las bombas que caen sobre Ucrania. Somos una especie terrible. Ya desde el Edén surgen las rencillas entre Adán y Eva echándose las culpas por el desastre que se les avecinaba. Los primero hermanos Caín y Abel que acaban hundidos por la envidia en el desastre del asesinato. Amargos frutos que ha dado el árbol de la humanidad a los largo de toda la historia…¿Cuántos millones y millones y millones de personas han muerto por las guerras y la violencia? ¿Cuántos cadáveres perdidos en cunetas, cuántas historias anónimas que terminaron de manera cruenta? ¿Cuántas guerras? Ha veces duraron siglos y siglos. ¿Por qué somos así? ¿Por qué no impera la paz y el sentido común? En nosotros está la semilla del desacuerdo, de la discusión, de la crisis. Agresiones, divorcios, insultos, rupturas entre hermanos, abandonos familiares, buling, genocidios, haters cibernéticos… La violencia y la agresión están en los genes del corazón del hombre. Incluso personas que son buenas se hacen daño y acaban sentadas en el banco del rencor, la distancia, el dolor, el reproche continuo.

Hay que trabajar por la paz. La paz pequeña de nuestro corazón, a veces también sumido en guerras secretas interiores. La paz en nuestras familias y nuestros amigos. La paz en el cole, en el trabajo. La paz en la Iglesia, a veces sumida a guerras por el poder… Por sus frutos les conoceréis… Pues eso,

“¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo amor; donde haya ofensa, ponga yo perdón; donde haya discordia, ponga yo unión; donde haya error, ponga yo verdad; donde haya duda, ponga yo fe; donde haya desesperación, ponga yo esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto ser consolado como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe; olvidando, como se encuentra; perdonando, como se es perdonado; muriendo, como se resucita a la vida eterna.”

Haz de ti las palabras de San Francisco. Paz.

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