Ten fe en la oración y sé generoso.
19 de Octubre: XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
Practica la lectura orante de la Palabra.
“Jesús bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 51-52).
Jesús, según el texto evangélico, crecía en edad, sabiduría y en gracia. Este crecimiento no solo era por ósmosis, al ver el joven Nazareno el ejemplo de su madre, sino que ella, seguro, educó a su Hijo en las destrezas domésticas, en las oraciones litúrgicas, y en el modo de afrontar la adversidad. Jesús nos habla del candil, del pan con y sin levadura, de cómo conservar el vino nuevo y viejo y del manto roto que no puede ser reparado con un trozo de tela nueva. Pero sobre todo aprendió de María a meditar y a guardar silencio, a obedecer y ganarse el pan con su trabajo.
María no escribió ningún libro, ni tuvo una cátedra para enseñar, ni se dedicó a predicar... Y, sin embargo, fue maestra y formadora de Jesús y de la Iglesia, de los apóstoles y de todos los cristianos. ¿En qué sentido? Ella guardaba estas cosas en su corazón. Con esta breve expresión se nos indica el núcleo de la lectio divina: Escuchar, leer, meditar y orar la Palabra de Dios. “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19).
¡Oh, María, no sólo eres mi madre, sino también mi maestra, y quiero ser una obra maestra en tus manos! Alfarera divina, estoy ante ti como un cantarillo roto, pero con mi mismo barro puedes hacer otro a tu gusto. ¡Hazlo! Toma mi barro, el barro de mis dificultades, de mis problemas, de mis defectos, de mis pecados.
Practica la lectura orante de la Palabra.
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