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¿Cómo es tu siembra?
“Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces.” (Jn 13, 36-38)
“Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró” (Lucas 23, 44-46).
El Crucificado es el Hijo Amado de Dios. Desde esta verdad ningún dolor se pierde y los sufrimientos de esta vida no implican desgracia y cabe que desde la fe se puedan convertir en gestos de amor. Por una ley de la naturaleza, lo que se siembra nace. Y por revelación del Evangelio, lo que muere resucita. “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”, dice Jesús (Mt 16, 25). San Pablo afirma: “Mirad: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.” (2Co 9, 6)
Santa Teresa: “Mirad lo que costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo, que por librarnos de la muerte, la murió tan penosa como muerte de cruz.” (Vida 3, 12) “Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco.” (Moradas VII, 4, 8)
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