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Nacido en El Salvador, llegó a Estados Unidos como inmigrante ilegal a los 18 años
“Cuando regresé a casa en El Salvador, a principios de este año, mi mamá me dijo que tenía que guardar este anillo, tomar la pala y el machete y ayudarla. Ella tiene 90 años y todavía trabaja. Yo ayudé a construir un cobertizo para las gallinas”, señala Evelio Menjivar-Ayala, de 54 años, obispo auxiliar de Washington, capital de un país al que llegó con 18 años como inmigrante ilegal.
Sabe muy bien lo que es trabajar. Y lo que eso dignifica. Pero también conoció la explotación a la que son sometidos. En una entrevista con el Catholic Standard, el periódico arquidiocesano de Washington, el joven pastor -fue ordenado obispo auxiliar el pasado año- repasa una trayectoria que parece haber salido de un guion cinematográfico. Con doctorado honoris causa incluido por la Universidad de Georgetown, a cuyos graduados les contó la sorpresa que le producía encontrase en aquel lugar.
“En 1990 llegué a Los Ángeles, California, con sólo una muda en una mochila, pero lleno de sueños”, les contó. “Como la mayoría de los inmigrantes, hice cualquier tipo de trabajo que pude conseguir: recepcionista, construcción, limpieza, pintura… Mientras tanto, tomaba clases de inglés por las noches y estudiaba para obtener el título de equivalencia de escuela secundaria”.
Por eso, tras conocer la noticia de que el papa Francisco le había nombrado obispo, les confesó con humor: “No está mal para alguien que comenzó limpiando baños y pintando casas sin saber inglés, ¿verdad? Todos debemos comenzar en alguna parte y aprovechar cada oportunidad que la vida nos ofrece”.
“El trabajo siempre es una bendición”, les dijo, pero como muchos trabajadores inmigrantes también sufrió explotación e incluso tuvo un patrón que lo les pagaba su salario, por eso comprende perfectamente los sacrificios y desafíos que afrontan los inmigrantes y otros trabajadores para mantenerse a sí mismos, a sus familias donde residen y a los familiares que permanecen en sus países de origen.
No le costó, por tanto, desarrollar una sensibilidad especial hacia el mundo del trabajo. De hecho, dos meses después de ser ordenado obispo, “celebró la misa anual en memoria de los trabajadores de la construcción —casi todos inmigrantes y no sindicalizados— que murieron en accidentes laborales el año pasado en Washington y áreas circundantes".
"El obispo Menjivar, que llevaba un casco de seguridad en la misa junto con sus vestimentas sacerdotales, bendijo filas de sillas con un incensario: había 40 sillas y cada una contenía un casco blanco con el nombre de un trabajador caído, junto a una rosa roja”, señala la citada publicación diocesana al dar cuenta de esa emotiva ceremonia.
“Fue una experiencia muy conmovedora. Pude haber sido yo. Pudo haber sido mi hermano. Mi cuñado se cayó del techo. Pude haber sido yo, porque tomé riesgos en ocasiones para pintar y sin el equipo adecuado”, recuerda el obispo, que elegió como lema episcopal “Ibat cum illis” (“Caminó con ellos”), porque “necesitamos caminar con la gente, necesitamos encontrarnos con la gente donde esté. Desbrozando maleza o construyendo un gallinero. Al servicio de los demás. Y, por supuesto, a las órdenes de su madre.
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