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Promueven que diócesis se animen a tener escuelas de campo.
Al ser México uno de los principales importadores de maíz de Estados Unidos y debido a que el decreto presidencial aprobado hace uno días, busca que el país tenga soberanía alimentaria y produzca su propio grano.
La Dimensión de Cuidado Integral de la Creación, la Dimensión de Pueblos Originarios y Afromexicanos y la Red Eclesial Ecológica Mesoamericana (REMAM), aseguraron que efectivamente la soberanía alimentaria es un sueño que se “considera posible”, pero afirmaron que esta realidad no será viable si los campesinos no tienen las herramientas, incluso las legales, para la conservación y uso de semillas de polinización abierta.
Afirmaron que los campesinos también necesitan alternativas al uso de agroquímicos como las que ofrece la agroecología con la generación de biofábricas comunitarias y otras prácticas culturales que animan el trabajo colectivo.
“Es cierto que en este momento existe una gran dependencia de la importación del uso de maíz y otros granos para la alimentación de los mexicanos, es cierto que cerrar de tajo el uso de agroquímicos y del maíz transgénico nos pondría en serios problemas”
“Sin embargo, es tiempo para que enfáticamente hagamos una transición del modelo de producción de los alimentos, reduciendo en algo la industria del campo y a cambio animando la pequeña producción comunitaria en lo rural e incluso donde sea posible, en las ciudades”, aseguraron.
Y es que este decreto también prohíbe el uso del glifosato, un herbicida que permite a la industria agrícola y a muchos campesinos producir más rápido y con menos mano de obra. Sin embargo, afirmaron “existe evidencia que los herbicidas como el glifosato, son dañinos para los seres humanos que lo aplican y para quienes lo consumen”.
Las Dimensiones Episcopales manifestaron algunas razones científicas que comprueban el daño que hace este herbicida a la población:
La Iglesia mexicana señaló que “Dios nos pide ser custodios de su creación, custodiar la tierra y los alimentos un medio para sostener la vida en todas sus formas, que desde ahí nuestra fe se fortalezca”, por lo que animaron a las diócesis a promover escuelas de campo para aprender e intercambiar alternativas de producción comunitaria como la mano vuelta o el tequio para el control de hierbas no deseadas.
Además de que afirmaron también se deben promover, preservar y mejorar las variedades nativas de maíz en las localidades mediante bancos de semillas, el intercambio de las mismas y a través de recetarios de formas distintas para producir alimentos tan ricos que son fruto de la tierra y del trabajo del hombre.
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