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Leyner Palacios: "No nos perdamos en el abismo de la guerra y el odio"
El 2 de mayo de 2002 más de setenta y nueve personas —en su mayoría mujeres y niños— murieron dentro de la iglesia del municipio de Bojayá, en el Pacífico colombiano, durante un combate entre guerrilleros de las FARC y paramilitares aliados con agentes del Estado. Un “cilindro bomba” lanzado por la guerrilla impactó el lugar en el que se refugiaban centenares de habitantes de la región y que fue usado por los paramilitares como “escudo humano”.
Para los sobrevivientes, el Cristo roto de su iglesia no solamente es un símbolo del sufrimiento vivido; también es un mensaje a la conciencia del pueblo colombiano sobre la necesidad urgente de la paz.
Durante su paso por Colombia, en septiembre de 2017, el papa Francisco participó de un encuentro de oración por la reconciliación nacional y rezó frente a la escultura, llevada a Villavicencio: “Oh Cristo negro de Bojayá, haz que nos comprometamos a restaurar tu cuerpo; que seamos tus pies para salir al encuentro del hermano necesitado, tus brazos para abrazar al que ha perdido su dignidad, tus manos para bendecir y consolar al que llora en soledad; haz que seamos testigos de tu amor y de tu infinita misericordia”.
Dos años después de la visita papal, está en vilo la implementación de buena parte de los acuerdos firmados en 2016 por el entonces presidente, Juan Manuel Santos, y la guerrilla de las FARC. No han cesado los ataques contra el proceso de paz por parte de sectores políticos como el Centro Democrático, dirigido por el expresidente Álvaro Uribe, partido al cual pertenece el actual presidente de Colombia, Iván Duque.
"El extractivismo no es la única manera de aprovechar el Pacífico"
Este escenario llevó a que el 9 de septiembre de este año el movimiento ciudadano Defendamos la paz se dirigiera en carta pública al papa Francisco, pidiéndole “sus buenos oficios para velar por el Acuerdo y el proceso de paz, amenazados hoy desde distintos flancos”.
Al ser consultado por el diario El Tiempo sobre el mensaje, el nuncio apostólico, monseñor Luis Mariano Montemayor, manifestó que “es legítimo que se dirijan a una autoridad moral de carácter internacional respetada por todos para lo que ellos consideran una urgencia, que compartimos en parte”.
“Dejemos esta actitud de francotiradores contra el sistema de justicia transicional”, dijo el diplomático en la misma conversación, refiriéndose a la postura de oposición a uno de los aspectos fundamentales de lo pactado. Montemayor agregó que “de algún modo hay que hacer justicia y este mecanismo fue el que se eligió”.
Para la comunidad de Bojayá, que ha apoyado el proceso de paz y se ha constituido en una de sus protagonistas, sería una expresión de la justicia anhelada que en su territorio no se vuelvan a repetir hechos como la masacre de 2002.
Actualmente, la reconfiguración del control territorial en el Pacífico colombiano se ha traducido en nuevas formas de violencia contra la población civil a manos de grupos armados vinculados a economías ilegales que atentan contra los territorios y sus pobladores ancestrales.
Según Jesús Alfonso Flórez, teólogo y antropólogo, la gran fortaleza de los pueblos afro e indígenas del Pacífico colombiano “es que existen y no se han dejado destruir en medio de tantas dificultades que han generado estos últimos treinta años de conflicto intenso”.
“[Estas comunidades] tienen un diseño de territorio diverso, porque cada una tiene una cosmovisión: el pueblo wounaan, el pueblo tul, el pueblo embera, el pueblo chamí, los eperara, los mismos pueblos afrocolombianos; con una diversidad de apropiación territorial. Ese diseño busca que el Estado definitivamente se siente a hacer un diálogo social, para que se vea que el extractivismo no es la única manera de aprovechar el Pacífico, y para que se pueda llevar a cabo ese diseño que tienen las comunidades, que es amigable con el territorio y apropiado para las mismas condiciones culturales”.
En respuesta a la situación que viven, desde el seno de la articulación de organizaciones étnico-territoriales de la región, en medio de la agudización de la violencia, se multiplican iniciativas animadas por sectores de la sociedad civil en función de la construcción de paz.
Una de estas iniciativas es la Comisión Inter-étnica de la Verdad de la Región Pacífico, con el mandato popular de esclarecer el daño al territorio, reconocerlo como víctima y promover su armonización mediante pactos de convivencia.
“Cuando olvidar no es una opción, la paz es la respuesta”, afirma el secretario general de la entidad, Leyner Palacios, sobreviviente de la masacre de Bojayá y protagonista, junto a otras personas, de Bojayá entre fuegos cruzados, un documental dirigido por Oisín Kearney, fruto del interés de la Comisión de dignificar la memoria de las víctimas y difundir un llamado sobre la urgencia de la paz.
“No nos perdamos en el abismo de la guerra, el odio y la confrontación”, dijo Leyner, durante el lanzamiento de la película, llevado a cabo el 19 de septiembre. “La reciente y frágil paloma [de la paz] ya no aguanta más bombazos de rabia y miedo por quienes quieren su perfección amañada”.
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