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El obispo Enrique Eguía Seguí presidió la misa en el templo donde fueron asesinados los sacerdotes
(AICA).- La comunidad palotina conmemoró el 47° aniversario de la Masacre de San Patricio con una misa en el templo del barrio porteño de Palermo, donde el 4 de julio de 1976 fueron asesinados los sacerdotes Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Duffau, y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.
La Eucaristía fue presidida por el obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Enrique Eguía Seguí, y concelebraron monseñor Danielle Liessi y los sacerdotes Rodolfo Capalozza, Rubén Fuhr, Juan Sebastián Velasco, Pablo Bocca, Charles Lafferty, Johnny Sweeny, Cyril Ingosi, Andrés Benítez, Francisco Olveira, Miguel Velo y Jorge Acosta, entre otros.
Participaron asimismo laicos de comunidades palotinas de Castelar, Mercedes, Suipacha, Turdera, Munro, José León Suárez y Capilla Itatí. También, religiosas palotinas, vicentinas, de Schoenstatt y hermanas de San Pedro Claver, e integrantes del grupo scout San Patricio, familias, docentes y chicos del colegio San Vicente Palotti.
En la homilía, monseñor Eguía Seguí recordó que, “siempre, el ‘dar la vida’ o poner en riesgo la vida por Cristo, se presiente como una ruptura. Es algo propio que se entrega a otro, y esto implica la conciencia del límite o el dolor. Se da la vida con esfuerzo, con perseverancia, en lucha por un ideal”.
“Dar la vida duele porque es enfrentarse a lo que está mal, a lo que hay que cambiar, a las injusticias y soledades, y todo esto requiere de un aporte arduo y doloroso. Desde el más sencillo esfuerzo por desplegar una tarea pastoral, enfrentando dificultades y lentitudes, hasta la lucha silenciosa frente a las fuerzas del mal y la injusticia que nos enfrentan”, puntualizó.
Al reflexionar sobre la agonía de Jesús en Getsemaní, el obispo auxiliar porteño aseguró que “el riesgo de la entrega -la muerte- queda transformado en nueva vitalidad”, e indicó: “Así también sucede con nuestros queridos siervos de Dios, testigos de Cristo. El mal encarnado en los asesinos e ideólogos que ejecutaron las muertes, habrá confiado que lograba el triunfo, pensando que se silenciaba para siempre a sus víctimas”.
“Pero una vez más, entre otros signos, un inesperado hecho sigue dando testimonio de nueva vitalidad y de amor, como un grito poderoso de la entrega, la fe y la lucha de nuestros hermanos, testigos de Cristo. Este signo, casi imperceptible en esta historia, nos sorprende: una alfombra. Allí está el rojo de su color sangre y, más aún, las huellas de las balas que traspasaron a los caídos sobre ella”, señaló.
“Esta alfombra ahora nos habla a nosotros, que muchas veces nos pondremos de rodillas al rezar frente a ella, que seguirá de pie. Para decirnos con autoridad que vale la pena entregar la vida por un ideal, vale la pena seguir a Cristo, sin saber el riesgo que se corre ni cuál será el camino que esa entrega tomará. Sabiendo que (y tomo palabras de Benedicto XVI en un texto sobre la Iglesia), ‘donde no existe motivo por el cual valga la pena morir, allí tampoco la vida vale la pena ser vivida’. Donde la fe nos ha abierto la mirada y ha ensanchado nuestro corazón, adquiere toda su fuerza iluminadora esta frase de San Pablo ‘ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí. Pues si vivimos para el Señor vivimos, y si morimos para el Señor morimos. Así que, vivamos o muramos, somos siempre del Señor’”, precisó.
Por último, monseñor Eguía Seguí recordó que hoy la comunidad palotina hace “memoria agradecida por la ‘entrega padecida’ de nuestros queridos Siervos de Dios”, y sostuvo: “Ante el signo que nos interpela -la alfombra- hagamos el compromiso de buscar nosotros también, dar la vida, sin saber el cómo, asumiendo el riesgo que se corre al hacerlo por Jesús y nuestros hermanos”.
“Que el temor que nos provoca lo arduo de hacer presente el Evangelio de Cristo en nuestra historia cotidiana sea vencido por la seguridad de la fuerza del Amor del Señor, que nos dice ante cada tormenta y a pesar de todo: '¿Por qué tienen miedo?'”, concluyó.
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