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Ser docente no es un juego de niños. No lo es para los que tratan con adolescentes a punto de entrar a la universidad, y tampoco para los educadores infantiles. Es el caso de Anna de Asís, que lidia con 19 criaturas de 3 años. “Estoy como maestra de apoyo, pero especialmente en este curso, con todos los protocolos sanitarios que debemos cumplir, no es fácil”. Anna tiró de creatividad e imaginación durante el confinamiento para seguir apoyando a sus pequeños. “Mandábamos todo lo que se nos ocurría que pudieran hacer en casa con sus padres: manualidades, dibujar, hacer puzles… El confinamiento nos pilló a todos por sorpresa, y nos las apañamos como pudimos. Ahora estamos más preparados. De hecho, estamos elaborando un montón de material en papel para que las familias de mis alumnos, que tienen 3 años, puedan realizar actividades desde casa, en caso de que nos tuviéramos que volver a confinar”.
Anna comenta que uno de los mayores retos del primer confinamiento fue salvar la brecha digital entre familias. “Tuvimos que reaccionar muy rápido para mantener la comunicación, y nos encontramos con padres y madres que no tenían ni internet en casa. En este sentido, fue de gran ayuda el compromiso del programa EduCaixa, que ayudó a financiar las carencias tecnológicas de algunas familias. Pero lo que más nos ayudó fue el Programa Emociona, con el que trabajamos la parte emocional del alumnado. Y en un momento tan delicado, era primordial hacerlo”.
Su compañera de vocación, Elisenda Ruiz, asegura que “el confinamiento ha servido de autoaprendizaje para alumnos y docentes en el campo de la innovación. Nos hemos dado cuenta de que el valor de la enseñanza no está tanto en mostrar las tablas de multiplicar, sino también en guiar en la educación emocional. Y eso podemos hacerlo a través de una pantalla. Aunque personalmente creo que un aprendizaje híbrido entre la tecnología y el aula sería una buena combinación”. Este replanteamiento del sistema, cuenta Elisenda, “se está dando, los docentes estamos cambiando el paradigma educativo. El problema es que no se nos está teniendo suficientemente en cuenta”.
Guillem Sanchís estudió Ingeniería Física, y aunque su intención no era dedicarse a la docencia, ha terminado dedicándose a ella. “Hace poco que he terminado la carrera y doy clases a adolescentes de 12 a 18 años. Es un camino interesante que no me había planteado de primeras, pero que me ha permitido descubrir que va mucho más allá de enseñar fórmulas matemáticas: también contribuimos a formar a los adultos del futuro. Y creo que esa parte es la más invisible de la docencia”, comenta el joven profesor.
Vocación, compromiso, creatividad, ganas y buenas dosis de paciencia… ¿qué hace de una persona un buen educador? “Ser docente es cuestionarse a uno mismo constantemente”, dice Anna. “Mantener el interés en buscar nuevas fórmulas de enseñar conceptos. Es un continuo aprender para ayudar a aprender a otros, una búsqueda constante de cómo llegar al alumnado para que asimile mejor la materia. Y una gran dosis de saber aplicar dinámicas de grupo”, comenta Guillem.
Elisenda considera que “no todo el mundo está preparado para ser docente. No porque no pueda tener los conocimientos, sino porque necesitas una actitud concreta, unas ganas a las que recurrir cuando has de lidiar con situaciones complicadas. Estás trabajando con personas, adultos en potencia a los que estás ayudando a moldear su futuro. Y es un proceso delicado”.
Es precisamente el futuro lo que empujó a Anna a tomar el mismo camino que su madre, vocación mediante. “Soy docente porque quiero dejar mi huella en lo que pueda enseñar a mis niños, para que sean mejores personas en el futuro. Para que puedan construir un mundo mejor”.
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