Conmemorando el 40 aniversario de Laborem exercens
Humanismo del trabajo y espiritualidad en el 40 aniversario de Laborem exercens
Los testigos de la experiencia de la fe, como San Pablo y los santos, nos muestra una vida trascendente de deseo y nostalgia de Dios que nos ha creado, llamado y regalado la existencia para acoger su Presencia que nos hace ser, sostiene y trasciende hacia su encuentro.
Este articulo quiere ser una memoria agradecida a Juan Martín Velasco, recientemente fallecido, un maestro del pensamiento y la teología. Autor clave en las materias de la fenomenología de la religión y la mística, con otros estudios relevantes sobre la misión y la fe, ámbitos donde era una persona muy significativa en la iglesia católica española. Nos centraremos en la experiencia humana y el fenómeno de la mística, asociado a otras realidades como la espiritualidad o la religión, que puede tener un carácter de ambigüedad, donde se pueden resaltar todas sus capacidades o virtudes. Y también sus posibles deformaciones o peligros. No obstante, la mística pertenece a lo más profundo del ser humano, hace referencia al carácter espiritual y trascendente de toda persona, por el que la humanidad busca el sentido y la realización de la vida, la acogida del don, dinamismo y significado más hondo de la realidad. La mística es, por tanto, la experiencia profunda que tiene el ser humano de la vida y de la existencia o realidad, los proyectos vitales, sentimientos y valores o principios para ir buscando y encontrando este sentido de la vida y de la historia.
Por lo que lejos de evadirnos o alienarnos de la realidad, de encerrarnos en un individualismo y relativismo nihilista, de deshumanizarnos o hacernos infelices, al contrario, la mística real nos fundamenta e implanta o nos religa en la realidad, posibilita la religación y con-versión a los (nos vierte con) otro/as, en lenguaje zubiriano. De esta forma, la auténtica mística es esta experiencia o proyecto de vida que se realiza en la inter-relación dinámica, profunda y trascendente con la realidad y con los otros, en los sentimientos y valores o principios antropológicos-éticos de la fraternidad y del amor, la compasión y el perdón, la paz y la justicia, regalada y debida a ese don que es la realidad, nosotros y los otros, con los que me encuentro re-ligado.
La mística se ejercita así en la vida y realidad cotidiana con los acontecimientos, a la vez, habituales y trascendentales de lo real y los otros, como son la alegría y el dolor o sufrimiento, la opresión o la fraternidad, la injusticia o la solidaridad, la exclusión o la justicia, la vida o la muerte… La experiencia mística nos abre y confrontan con todas estas experiencias tan constantes y significativas del mal o el bien, del sufrimiento e injusticia, de la muerte y el sin sentido. Y lejos del individualismo y del relativismo o nihilismo, una correcta mística cree que hay que optar y comprometerse por estas certezas o verdades: la compasión y la justicia hacia los otros, la paz y fraternidad humana; la confianza y esperanza de que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra sino el amor, la vida y la felicidad plena en ese dinamismo trascendente, que busca siempre más realización y plenitud en los otros y en lo (El) Otro; que hay que hacer frente y oponerse a toda realidad que deshumanice, oprima y excluya a las personas.
En este sentido, la mística tiene un carácter universal, ético, social y político en cuanto que no hace distinciones entre los están a mi lado o lo de cerca y los de lejos, entre la solidaridad inter-personal o política (internacional-mundial), ya que se comprende y vivencia religada fraternalmente a la realidad global y a toda la humanidad. Es una mística compasiva e inteligente, que no busca solo remediar de forma asistencialista o paternalista e individualista el sufrimiento de uno (en uno). Ella discierne cuales son las raíces del mal e injusticia. La cultura y estructuras sociales que están de fondo y causando dicho dolor, deshumanización e injusticia en el mundo, para transformarlas profundamente e impulsar el protagonismo, la promoción y liberación integral de todas las personas, en especial, de los empobrecidos, oprimidos y excluidos.
Como se puede observar, la mística nos proporciona una razón e inteligencia espiritual y crítica-ética, social y política por la que nos vamos humanizando, por la que vamos alcanzado el desarrollo, la liberación integral y la felicidad en la medida en que experienciamos y acogemos el amor y el perdón que se nos regala. Y lo llevamos realmente a la practica en el compromiso por la reconciliación y la paz, la fraternidad y la justicia desde los pobres, los marginados y la víctimas de la historia. Y es que nada más profundo, humano y espiritual, ni más bello y hermoso, nada que proporcione más realización y felicidad que donde haya mentira se ponga verdad, donde haya sufrimiento justicia, desesperación esperanza…Uno se encuentra entregándose por los demás, donándose y comprometiéndose porque haya otro mundo posible, más justo y fraterno, como oraba de forma similar Francisco de Asís y como nos enseña la experiencia, el pensamiento y la diversas ciencias humanas o sociales.
La inteligencia mística-política pretende una razón o sabiduría cordial, compasiva y solidaria que promueva y se comprometa por unas sociedades y pueblos, por unas inter-relaciones, culturas y estructuras sociales que sean inteligentes. Esto es, humanizadas, fraternas y justas, donde se erradique el sufrimiento injusto y la violencia, la pobreza y exclusión social. En contra de la actual cultura y estructura social del neoliberalismo/capitalismo global, donde prima la razón individualista, economicista y mercantilista. El mercado, el beneficio y la competitividad convertidos en ídolos, que empobrece y excluye a la mayoría de la humanidad. Por lo que toda autentica educación y formación deberá promover esta inteligencia mística y política que busca la verdad, la belleza y el bien en la vida y praxis moral del compromiso solidario por la justicia y la paz en el mundo; en la defensa de la vida y dignidad de las personas o colectivos más excluidos y empobrecidos, que más sufren el mal e injusticia.
Y tal como reconocen hoy diversos y significativos pensadores, diremos que una fuente y caudal inagotable de esta mística son las diversas tradiciones espirituales y religiosas, que han ido manifestándose desde los principios de los tiempos hasta la actualidad. En nuestro contexto europeo es de reseñar que, junto a sus fallos o deformaciones, lo mejor de la tradición del humanismo judeo-cristiano, como por ejemplo el conocido contemporáneamente como personalismo comunitario, tiene mucho y bueno que aportarnos. Ya que se enraíza de forma muy fiel en lo que fue el Dios de la Primera y Segunda Alianza, revelado plenamente en Jesús de Nazaret y en su Evangelio (Buena Noticia) del Reino de amor, justicia y paz desde los pobres, de la salvación liberadora que nos regala y vence a todo mal, injusticia y muerte.
Los testigos de la experiencia de la fe, como San Pablo y los santos, nos muestran una vida trascendente de deseo y nostalgia de Dios que nos ha creado, llamado y regalado la existencia para acoger en lo más profundo de nuestro corazón su Presencia que nos hace ser, sostiene y trasciende hacia su encuentro. Es el “deseo abisal”, que transmite San Juan de la Cruz, con el abismo infinito del alma y sobre todo del Dios que la ha creado, Fuente primera de la que mana esta experiencia de encuentro y unión con el Amado. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» (San Agustín).
El Dios Amor que, revelado en la vida y pascua de Cristo Crucificado-Resucitado, nos busca primero, nos dona su Gracia salvadora y liberadora de todo mal, pecado, muerte e injusticia.“No soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20). Esta experiencia teopática, de pasión y encuentro con el Dios Amor en toda la realidad, abarca globalmente las capacidades cognoscitivas, afectivas y prácticas que son asumidas y plenificadas en la vida teologal de la fe, la esperanza y la caridad que nos une al Dios salvador y liberador. Las experiencias y virtudes teologales son el centro de la existencia que vive en (y de) la fe, esperando desde el amor de Dios. Y que nos lleva a la caridad, a amar a cada ser humano, a la misericordia compasiva ante el sufrimiento e injusticia que padece el otro, al compromiso ético y social por la justicia con los pobres, las víctimas y los excluidos.
Esta experiencia de encuentro con Dios en Cristo, con la Gracia de su Amor, nos conduce a anunciar y proclamar esta buena noticia (Evangelio) del Reino de Dios y su justicia liberadora. La mística ciertamente supone la misión evangelizadora con este anuncio del Evangelio, la denuncia profética de todo mal e injusticia y el testimonio del amor fraterno, la solidaridad y la justicia con los pobres que es el primer y principal camino de la evangelización.
Es pues, siguiendo a Metz, una mística de los ojos abiertos, que no rehúye de la realidad, que como Jesús ejerce la misericordia samaritana ante el dolor e injusticia del prójimo caído en la cuneta de la historia, de la víctima y del pobre. Uniendo así, como nos muestra San Ignacio, la contemplación en la acción por la justicia y la liberación integral de todo mal e injusticia, la mística y la política, el amor de Dios y del otro con la caridad política que busca el bien común, la civilización del amor y la justicia con los pobres. La mística nos lleva a la humildad y pobreza fraterna, como San Francisco y todos los santos, siguiendo a Jesús pobre y crucificado en esta comunión de vida, de bienes y acción por la justicia con los pobres para irnos liberando del pecado ególatra e idolatrías de la riqueza-ser rico, del poder y la violencia
Es una mística encarnada y de la cotidianeidad, como nos muestra Rahner de forma ignaciana, que busca y encuentra con el corazón a Dios en todas las cosas, con esta experiencia teopática de trascendencia y unión con Dios en todo momento o realidad, aun en medio de la noche oscura, del dolor, la soledad el mal y la muerte. "¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!" (San Juan de la Cruz). La iluminación y luz de Dios, fuente de agua que nos vivifica, mediante esta experiencia teologal de fe, esperanza y amor: hace que nos vayamos trascendiendo, incluso en medio de esta noche u oscuridad; acogiendo la salvación liberadora e integral que Dios nos regala y que nos lleva a la vida plena, a la belleza de la eternidad. Esa comunión total con Dios, con los otros y con toda la creación, donde Dios siempre habita, inundando con su Presencia todo el cosmos.
También te puede interesar
Conmemorando el 40 aniversario de Laborem exercens
Humanismo del trabajo y espiritualidad en el 40 aniversario de Laborem exercens
El pensamiento (la filosofía) y la teología es una carta de amor a los otros, a Dios mismo
Mi nuevo libro: Filosofía, ética y pensamiento psicosocial hispanoamericano.
Una auténtica reforma en la fe e iglesia y sociedad-mundo
La opción mendicante y su actualidad
Diálogo y encuentro de la fe en ese Dios que en Persona se revela en Cristo, acogido en ese encuentro personal por la fe en Él, con la razón, la cultura y la ciencia
Teología, filosofía y ciencia en diálogo
Lo último
La sabiduría del corazón
Corazón pensante para humanizar
Cuidar cuando no se puede curar
Nunca incuidables
Morir humanamente, morir acompañado
Morir con dignidad
Sanar, acompañar, humanizar
Medicina y cuidado