Conmemorando el 40 aniversario de Laborem exercens
Humanismo del trabajo y espiritualidad en el 40 aniversario de Laborem exercens
Vivimos tiempos complicados, convulsos y confusos con males, injusticias, populismos y totalitarismos de todo tipo. Por lo que se necesita, ahora más que nunca, un sentido y orientación en la vida con un humanismo antropológico, ético y espiritual que muestre la belleza de la trascendencia y de la eternidad. Así nos lo acaba de indicar el Papa Francisco. Dicho humanismo ético e integral, como vamos a exponer, es la base de los derechos humanos que celebramos el 10 de diciembre. Tal como nos manifiesta la fe con San Pablo que, aunque a veces no conocido ni comprendido bien, en los estudios e investigaciones actuales se nos presenta de forma muy significativa en el pensamiento, la teología, la cultura e historia. En la antropología y pensamiento, asimismo, queremos resaltar la obra de Ll. Duch, monje benedictino, profesor y uno de los autores relevantes en estos campos, al que también seguimos en este artículo que dedicamos a su memoria por su reciente fallecimiento.
La persona es un animal simbólico que trata de dotar de sentido a la existencia, mediante estos símbolos que otorgan significados a la realidad para irnos liberando del caos, del mal y del sin sentido. El ser humano está constituido por estas estructuras de acogida como es la familia (co-descendencia), la política (co-residencia), la comunicación (co-mediación) y la religión (co-trascendencia). Efectivamente, la persona es constitutivamente un ser: corporal y afectivo en relación con los otros como es la familia; político en las relaciones con la sociedad y el mundo; comunicativo que “empalabra” la realidad; religioso que en relación con Dios busca trascenderse, en la apertura a la esperanza, al amor que no termina y a la vida plena-eterna.
La fe con San Pablo nos comunica todo esta antropología, misión y humanismo. En donde la familia e iglesia doméstica, como esposa de Cristo, es realidad de amor y comunión fraterna que transmite todo este humanismo antropológico, ético, social y trascendente. Siguiendo a la revelación bíblica (Gn 2,23-24) que culmina en Jesús (Mt 19,5; Mc 10, 7-8), en San Pablo (Cor 6,16; Rom 1,18-32; Ef 5,31) se encuentra de fondo esta antropología familiar e integral; con toda la dignidad e importancia del cuerpo, que se dona en amor entregado del hombre con la mujer, en su diversidad y complementariedad, abierto a la vida, a los hijos y al bien común. En relación solidaria, responsabilidad ética y compromiso con la comunidad social, política e histórica. La fe y la misión con San Pablo nos muestran al matrimonio, la familia y a la mujer (iglesia doméstica) como sujetos protagonistas de la misión y de la comunidad con toda su dignidad, igualdad y trascendencia en dicha fe evangelizadora Ahí tenemos por ejemplo a Aquila y Priscila (Hch 18; 1 Cor 16, 19-20), a Junia apóstol (Rm 16, 7) o a Febe diaconisa (Rm 16, 1-2).
Y toda esta familia e iglesia doméstica, cuerpo de Cristo, tiene un carácter político. Ya que son las comunidades que simbolizan y expanden por la sociedad, el mundo y la humanidad todo este amor ( 1 Cor 13), comunión fraterna y justicia liberadora del mal e injusticia que aprisiona la verdad (Rm 1, 18). Es la humanidad nueva en Cristo con su Espíritu y Gracia, que nos trae la trascendencia de la vida que hay que respetar y cuidar en todas sus fases, dimensiones o formas. Una vida transformada, fraterna y justa (Rm 5) que nos libera de todo orden opresor, ley injusta y muerte con la verdadera libertad que se realiza en este amor fraterno y solidario (Gal 5, 13). Todo orden, ley o autoridad solo tiene sentido y es legítima si posibilita el Reino del amor fraterno, vida, justicia y paz que va más allá de toda norma o legislación que no realice el bien con los otros, con los más débiles (Rm 14, 17-18).
En Cristo pobre-crucificado, es la iglesia y comunidad pobre con los pobres que transmite toda esta auténtica sabiduría de la cruz en el amor fraterno, paz y justicia. Y que se opone a los falsos saberes, poderes e imperialismos que dominan, oprimen y generan la injusticia. Todos esos ídolos del saber, poder, poseer y tener (1 Cor 1-2). En la encarnación de Dios en Cristo, como celebramos en Navidad, se nos manifiesta esta Kénosis, el abajamiento solidario con lo humano, con los esclavos, oprimidos, pobres y crucificados de la historia (Flp 2, 6-8). Y la iglesia celebra este acontecimiento de la encarnación, en el cuerpo y la pasión de Cristo como símbolo (sacramento-Eucaristía) de amor donado y fraternidad solidaria en la comunión de vida, de bienes y justicia con los pobres. En contra de toda desigualdad, injusticia e idolatría de la riqueza-ser rico que pervierte toda esta comunión eucarística, fraterna y solidaria (1 Cor 1, 17-34).
Tal como se ha estudiado, la fe con San Pablo nos transmite este humanismo integral y verdadera utopía fraterna que desde la vida en Cristo, simbolizada (sacramentalmente) en el bautismo, nos hace hijos de Dios. Por tanto, nos convierte en hermanos con toda esta libertad y dignidad sagrada e inviolable, con relaciones fraternas de amor, solidaridad y justicia. De ahí que en esta verdadera revolución que nos trae la fe, se termine con toda desigualdad e injusticia por razón: de sexo, se acaba con la opresión y violencia sobre la mujer; de raza, nación y religión frente a todo racismo, nacionalismo excluyente e integrismo religioso; de clase social-económica en contra de la explotación y pobreza injusta, en oposición a los falsos dioses de la propiedad y del capital que sacrifican la vida del pobre (Gál 3,26-28; 1 Cor 12, 13).
El humanismo ético y la fe con San Pablo nos muestran claramente el amor universal, la fraternidad mundial y la justicia global que trasciende toda frontera, barrera y exclusión de cualquier tipo. Esta vida nueva en Cristo Crucificado-Resucitado, que nos transforma personal y socialmente, anticipa y realiza ya la salvación liberadora de todo pecado, muerte e injusticia. Lo cual se culmina en la vida plena-eterna, en la belleza de la eternidad que consuma la trascendencia (Rm 8, 22-39; 1 Cor 15,28).
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